05 diciembre 2015

Mi Historia

Pasó cuándo y cómo tuvo que pasar. Un día sombrío, soleado para el resto del mundo. Un día cualquiera desde mi punto de vista al despertar. Un día más con angustia y pesar.

Habían sido días y semanas de llanto y tristeza, días de penumbra en mi habitación, sin querer salir, llevaba un berrinche de mil mundos, había cortado con mi novio por aquel entonces por la tontería más grande del mundo; no había querido ponerme unos shorts bajo la minifalda para ir de paseo en bicicleta con él. Y así fue como por querer imponerme decidí acabar con esa relación, acción de la que posteriormente me arrepentí, no pensé solo actué.
Obviamente él no quiso volver conmigo, encontró a otra persona, una chica que al día de hoy, cinco años después, parece seguir haciéndole feliz. Bien por ellos, de verdad, hace ya mucho tiempo puedo decir “me alegro por ambos”.

Pero volvamos al principio de mi narración, a ese día tan sombrío que, sin yo saberlo al despertar, se acabó transformando en el mejor día de mi existencia. Iba a conocer al amor de mi vida.

Fue un veintinueve de agosto por la mañana. Recibí la llamada telefónica de mi mejor amiga, llamaba para insistirme en que fuese a la playa a celebrar el cumpleaños de su hermana. De por si, odio la arena, el mar salado, el sol y no tenía ánimos para absolutamente nada, no había nada que me impulsase a ir, solo la insistencia de mi amiga para que fuese.
Salimos pronto del pueblo, durante el trayecto en coche solo pensaba en lo incómoda que estaba y lo bien que me encontraría acurrucada entre las sábanas de mi cama.

El sol era insoportable para mi piel, sabía que la arena acabaría invadiendo mi toalla como siempre y, que para variar cuando me zambullese, terminaría sintiendo esa sensación y sabor tan feos en mi nariz y boca cuando tragase esa agua salada. Me había mentalizado por completo de cómo iría y acabaría ese dichoso día. Lo que jamás esperé fue que me enamorase a primera vista.

Apenas llegue a nuestra zona de toallas visualice a un chico, cabellos negros y largos, ojos marrones y ojerosos, delgado piel canela, postura descuidada y con chupetones por todo el cuello, vaya un chico sin atractivo alguno con semejante descripción. ¿Qué fue lo que me enamoró de él a simple vista? Si he de rectificar, igual no fue a primera vista pero si a simple vista. Fue su sonrisa, su mirada, su guió. Esos tres ingredientes bastaron para atarme a él durante cuatro “hermorrorosos” años. Me sentí viva.

No entendía como ni porque podía gustarme ese chico. Pero lo acabaría entendiendo con el tiempo.

El verano acababa de empezar, aun existía el ya olvidado Messenger y la red social Facebook se encontraba en pleno auge. Fue por medio de estas redes sociales como fuimos conociéndonos. Charlábamos durante horas, nos pasábamos links de canciones y toda esa larga y simple lista de cosas que se suelen hacer cuando se charla por Internet. Quedamos un par de veces para pasear y platicar. Yo ya estaba enamorada pero aún no lo entendía.

A medida que lo fui conociendo veía que era un chico muy listo y sabio, que parece ser lo mismo pero no lo es. Además, ya correctamente vestidito y sin chupetones, podía contemplar, lo realmente guapo que era. Un chico educado, tímido o introvertido no sabía que era exactamente. Pero lo descubrí la noche en que me declaró sus sentimientos, a los que yo correspondí. Ni tan siquiera era capaz de mirarme a la cara, fue la declaración más tierna e inofensiva del mundo, me llegó al corazón.  Se estaba marchando ya, sin haberme besado aún por primera vez, cuando le recordé que lo hiciese. Aun ahora mientras escribo esto mi corazón palpita estrepitosamente al recordar ese primer beso.

Maravilloso, esplendido, ha nacido el amor, ha nacido, ha nacido, ha nacido… Realmente para que mentirnos, no fue así. Por muy enamorada que estuviese de él yo seguía jodida interiormente, llevaba una racha de suspensos estudiantiles, recuerdos vivos del noviazgo anterior, me hundía cada noche en mi cama entre sollozos y desesperación. A día de hoy, no comprendo porque, si ya había encontrado al compañero de mi vida, continuaba recluyéndome en mis pensamientos negativos y en absurdos recuerdos de un noviazgo pasado. Igual porque fue el primer noviazgo real que tuve o a saber, sí, yo le quise, pero nada en comparación a lo que me estaba haciendo sentir este nuevo chico.

Él lo tuvo difícil, realmente difícil, se lo curró mucho. Se zambulló conmigo en la oscuridad, se ató a mí aún sabiendo que podía ahogarse, si yo decidía continuar sin nadar. Pero aún así lo hizo, se mantuvo firme junto a mí, me abrazó, me beso y me amó con todo su ser. Se entregó a mí en cuerpo y alma, todo para demostrarme, que realmente valía la pena, que saliese de mi penumbra. Tardé demasiado en reaccionar, pero lo consiguió, se convirtió en mi héroe, en mi centro, en lo más importante para mí y así empecé a demostrárselo siempre que podía y como podía. Pero esto tampoco duró mucho.

Me veo obligada a resumir bastante todo el trayecto de estos cuatro “hermorrorosos” años. Nos amamos, nos quisimos, nos odiamos, nos peleamos, no extrañamos, nos fastidiábamos, nos aguantamos, nos insultamos, nos piropeamos, nos mimamos, nos mentimos, le fallé.
Podría decirse que nos pasó casi de todo, como es de esperar en una relación de pareja. Pero también he de admitir que todas la veces que rompimos fue por cabezonería mía, que cada estúpida discusión fue por alguna minucia a la que yo le daba demasiada importancia, cada mal gesto y mirada de despreció fue porque yo me enfadaba y me agobiaba por la más mínima estupidez o manía de él.
Creí no estar hecha para tener una relación, pensé y pensé  que hacer en cada una de esas rupturas, y la respuesta siempre era, que la solución más práctica era, acabar con esa relación. Y así una, dos y más de tres veces lo hice. El problema siempre era el después. No soportaba el dolor que sentía sin él, enfrentarme a la vida sin quien me había mentalizado que iba a ser el compañero de mi vida, era la tortura más grande que me perseguía día a día. Pero como no, una vez más yo seguía siendo una chica muy orgullosa que no quería dar el brazo a torcer. Aunque más de una vez acabé siendo yo la que le suplicaba volver y él tan bondadosamente me recibía con los brazos y corazón abiertos. Siempre me daba una y otra oportunidad, sabía que yo no era más que una cría perdida e indecisa. Y yo sabía que en sus brazos se encontraba mi hogar, por eso acababa volviendo a él.

Bien, volviendo a la actualidad, una vez más me hallo sola, sin él. Le dejé, lo abandoné, pero esta vez como era de esperar, él, se cansó de tanto juego, se agotó de tener que ir tras mí y esperar a que viviese en mi mundo de jerez y risas temporal y luego volviese suplicándole volver. Esta vez, él decidió vivir también en su vida de diversión, empezó a salir como nunca, quedaba cada vez más, y vivía el día a día, todo eso le ayudó a olvidarse de mí, y a conocer a alguien nuevo, como era de esperar. Se volvió a enamorar y yo no dejé de llorar.

He perdido, rectifico, he abandonado al único hombre que he amado en cuerpo y alma.




Hace unas semanas, supe que se siente cuando se te rompe el corazón a pedacitos, es una sensación casi indescriptible. Cuando se te rompe el corazón es como si el aire te faltase, como si te arrancasen algo inarrancable, como si te encontrases en el centro de un folio negro sin nada alrededor, como  si te estrujasen los recuerdos y sueños, y al exprimirlos se destilasen en forma de lágrimas. No sé qué se siente al morir, pero esa noche algo en mí fue asesinado.

Me equivoqué una vez más con él, le fallé una vez más y él simplemente está viviendo su felicidad, disfrutando de una nueva experiencia en el amor, y recibiendo el amor que se merece. Un amor que jamás se comparará al mío, porque sé que es posible que otra chica se lo demuestre más que yo, pero nunca, jamás, ni en esta vida ni en otra, habrá nadie que le ame más de lo que le amo yo.

Igual es la estupidez más grande del mundo, pero si algún día el destino me da otra oportunidad con él, si hace falta pienso tatuarme en la piel “SABES QUE ES ÉL” o algo similar. Pero el destino es cruel y me ha dado un hándicap más, con el que, aunque me topase con esa oportunidad, haría que él me rechazase. Y sería gracioso porque justamente mi intención era evitar eso.

Para acabar con aquí mi incompleta historia, me hallo una vez más en el bucle de la oscuridad, si cabe decir, peor que cinco años atrás, con el corazón roto, con fracasos escolares, amistades abandonadas, líos embarazosos, empleo de incomodidades, secretos inconfesables. No sé qué será de mí, esta vez nadie me va a levantar. Solo sé que lo mejor es dejar de odiar y de arrepentirse, si siento amor por él, ¿Por qué he de enfadarme con él?, o ¿Por qué he de obligarme a dejar de amarlo?, simplemente lo dejo allí que ningún mal me hará, siempre que no me ilusione.


A pesar de todo esto, quiero ante todo agradecer al destino, a ese soleado día, a mi amiga, sobre todo a mi amiga por arrastrarme hasta esa playa ese veintinueve de agosto de dos mil diez. Gracias. Gracias por haberme amado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario